Miércoles 22 de Agosto de 2018
Política Local

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SANTOS EL FUGITIVO

Libardo Botero C.       

¿Por qué huyó Santos del país apenas terminó su mandato? ¿Y por qué lo hizo de una manera clandestina, atropellada y abiertamente ilegal? No tardará mucho en saberse, pero mientras tanto se han lanzado diversas hipótesis.

Los más frescos, admiradores del mandatario recién salido, bien pocos por cierto, han esgrimido a su favor el argumento trivial de que se merecía un descanso, unas vacaciones. ¿Descanso de qué, podríamos preguntar? Bien poco trabajaba el señor, encerrado en Palacio, ya que le estaba vedado salir a la calle o a la plaza pública para no sufrir el rechazo generalizado de la población. Además de ese motivo evidente, no es que al señor le hubiera gustado mucho untarse de pueblo. Al final de su gobierno solo hacía apariciones esporádicas en público, para que los medios fletados dieran cuenta de que aún ejercía su mandato, acompañado siempre de unos cuantos carga-ladrillos. Su concepción del poder se identificaba más con el encierro en las oficinas y salones de Palacio, dedicado a intrigas y componendas, y sobre todo a la poco esforzada actividad de firmar decretos y decretos, con una eficacia contundente, pues se han contado en más de cuatro centenares los de los últimos días de su ejercicio.

Otros, sin ruborizarse, alegan que el señor cumplió los mandamientos legales para ausentarse del país. Nos ilustran a los escépticos, y nos quieren refutar, con la exhibición de la carta que envió al presidente del Senado el 10 de agosto, cuando ya había cesado en sus funciones y era un simple expresidente, en la cual informaba a la cabeza del legislativo de una primera andanada de viajes al exterior durante este resto de año. De cada viaje asegura que retornará, es cierto, pues confiesa que quiere asentarse en el país y residir en él. Pero lo que genera sospechas, dudas, y sobre todo enojo, es que de manera olímpica sustenta sus salidas en los mismos mandamientos legales que le prohíben salir sin autorización del Senado.

Piensan también sus defensores de oficio, quizás, para sus adentros, que de ese modo Santos evitaba un embarazoso debate en el Senado, presidido por personas poco afectas, como el senador Ernesto Macías. Y lo que podría ser más vergonzoso, y peligroso, que la cámara alta eventualmente acogiera la proposición de prohibirle por un año que abandonara las fronteras patrias.

Ya conocimos, a lo largo de estos ocho años, el talante autoritario de Santos, y su manía de tergiversar, amañar y violentar los preceptos constitucionales y legales que rigen nuestro ordenamiento político. No hace falta inventariarlo. Lo insólito ahora consiste en querer seguir haciéndolo cuando no ocupa el solio presidencial, como si estuviera por encima de la ley a perpetuidad. En su misiva Santos indica que “de conformidad con los artículos 196 de la Constitución Política y 323 de la Ley 5 de 1992, que establecen el deber de informarle previamente al Honorable Senado mis intenciones de viajar fuera el (sic) país en el primer año después de haber dejado la Presidencia…”, le reporta la lista de desplazamientos inmediatos que tiene previstos.

Nunca Santos ha sido bueno para expresarse, así se precie de periodista. Por ocho años utilizó eficaces servicios de redactores que le preparaban sus intervenciones públicas, y un telepronter que no abandonaba.  Aun así, los defectos de dicción y comunicación nos atormentaban cada que lo veíamos en pantalla. La redacción de la carta al Senado es la deplorable comprobación de que el octenio poco le aportó en sintaxis y redacción. Pero tampoco somos tan mal pensados para afirmar que el exmandatario no sabe leer. El artículo 196 de la carta no habla en parte alguna de que en el primer año posterior a su mandato los expresidentes para salir del país deben simplemente “informar” de sus intenciones al parlamento. No. De manera precisa estipula que dicho personaje “no podrá salir del país dentro del año siguiente a la fecha en que cesó en el ejercicio de sus funciones, sin permiso previo del Senado”. Lo mismo que repite, textualmente, la Ley 5 de 1992 en su artículo 323.

Entonces, la conclusión ineludible es que Santos, muy orondo ha decidido pasarse por la faja no “el deber” de dejar una constancia, sino la obligación constitucional y legal de solicitar, y obtener, permiso del Congreso para salir del país. Pretendiendo imponer esa línea de conducta hacia adelante, para tener paso franco al exterior sin incómodas limitaciones. Pero, al proceder así, se ha colocado fuera de la ley y así debe ser tratado en este caso, con el correspondiente proceso, que el mismo Ernesto Macías ha solicitado a la corporación indicada para que inicie.

Porque si esta franquicia se le otorga, si esta licencia se le da, no tendrá empacho el día de mañana en salir corriendo para el exterior, sobre todo si se precipitan llamados a investigación o juicios, en virtud de precisas demandas que cursan en distintas instancias, empezando por la Comisión de Acusaciones de la Cámara. Las sombras de Odebrecht, de la mermelada a chorros, del fraude en las elecciones de 2014, de la capitulación ante las Farc, del desconocimiento del plebiscito de 2016, entre otros pecados, lo persiguen sin darle tregua. El ejemplo de Rafael Correa, su homólogo de Ecuador, conspicuo integrante de la pandilla de atarbanes del “socialismo del siglo XXI”, en su momento uno de sus “nuevos mejores amigos”, debe atormentar al ex inquilino de la Casa de Nariño. El arrogante de ayer, hoy, como se dice en el argot popular “paga escondederos a peso” para escapar a la justicia de su país.

A nosotros también nos debe servir de ejemplo para prevenir que nuestro Correa se convierta también en fugitivo de la justicia allende las fronteras.

 

 

 

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EL MIEDO A LA VERDAD

Jaime Jaramillo P.   

Con una modestia desconocida, el expresidente Juan Manuel Santos salió de la Casa Presidencial, con el aplauso del 22% de la ciudadanía, porque el resto, 78%, le dio la espalda y dedicó el día 7 de agosto, a ver el relevo de mando.

La Plaza de Bolívar contenía cinco mil personas que asistían a un evento de magnitud para los colombianos: el Congreso compuesto por las dos cámaras, Senado y Cámara de Representantes, en sesión ordinaria y abierta, dio posesión al nuevo Presidente de la República, Iván Duque Márquez y este juramentó a Marta Lucía Ramírez como Vicepresidenta. La atmósfera de acto tuvo dos elementos de impacto: el reconocimiento y apoyo a las Fuerzas Armadas y a la policía. Y un derrame de fiesta con la música y los grupos de baile que se cruzaban con los asistentes, cumbia, porro y bambuco incluidos.

El punto central serán los discursos del Presidente del Senado y del Congreso, Ernesto Macías, y el del nuevo Jefe del Estado, Iván Duque. La intervención del senador Macías abrió el telón del oscuro escenario del gobierno saliente, al dar a conocer los datos del desastre político y administrativo del gobierno santista. Con datos oficiales, obtenidos mediante derechos de petición, Macías puso en la escena los graves problemas que hereda el Presidente Duque de un gobierno despilfarrador, que deja comprometida la nación con millonarios compromisos financieros mediante futuras vigencias fiscales, el monto de la deuda externa que hipoteca los recaudos y pone a la nueva administración en condiciones de restringir la inversión social, el déficit  fiscal de billones de pesos, los enormes gastos que demanda la reinserción de las Farc pactada a 15 años, el sostenimiento del aparato judicial paralelo de la JEP y un largo etcétera que el país escuchó, con asombro y encono.

Macías, contra la niebla espesa del “tapen, tapen” y las argucias mediáticas para consolidar  el olvido de la corrupción oficial, que evidencia, además, la parálisis ética de la Fiscalía, puso sobre la mesa los elementos de juicio que el país no puede dejar escapar ni desaparecer, como si la capa  mágica de Mandrake cubriera lo denunciado, dándole el tono y el modo de su no existencia. Mandrake, el mago, fue un personaje de fantasía con su sombrero de copa, su bocito pulido y la capa negra que le permitía desaparecer a sus perseguidores y hasta él mismo. Ficciones de los comics que no podemos invocar para que al cabo de unos días, los medios y algunos beneficiados del santismo, nos hagan creer que aquí no ha pasado nada. Y si pasó.

Existe una porción de colombianos de buena fe que prefieren no hablar del próximo pasado dizque para no polarizar a la población. Nos han lavado el carácter convirtiéndonos en una especie de hombres temerosos y mujeres con ataques nerviosos que le huimos al debate civilizado, argumentativo. Las formas de comunicación  actuales, gracias a la tecnología y las redes, forman “guapos” anónimos y jóvenes huecos que saben leer el monitor, mas no saben firmar. Alienan, secan el carácter. De ahí el miedo a la verdad.

Para completar el cuadro de la Plaza de Bolívar en comento, el Presidente Duque dio una cátedra de patriotismo ilustrado, una cartilla de estadista que no pueden ignorar los ciudadanos del común. Fijó las líneas contra los criminales disfrazados de bondad política y altruismo. Marcó fronteras ideológicas y territoriales y señaló que la democracia tiene principios no transables. Ambos discursos no se contradicen. Se complementan. Como reza el dicho popular: a quien no le gusta el caldo, que le sirvan dos tazas.

El mamertismo, que es la tapa superior del socialismo chavista, se niega a mirar hoy lo que acompañó hasta  el ayer   el día 6 de agosto, “no más hace unas horas”. Eso dijo un filósofo mexicano llamado Cantinflas. Da tristeza de una importante zona humana colombiana que ha perdido su capacidad crítica sobre los resultados de un gobierno tan gris como el cielo londinense. Y no sabemos si existe tratado de extradición con Gran Bretaña.

 

 

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TTENEMOS UNA RATERÌA ORGANIZADA

Jaime Jaramillo P.      

“En tiempos de bárbaras naciones…” se decía para referirse a épocas no civilizadas aún. En Colombia podría decirse lo mismo de la violencia, hace setenta años (y todavía, pero con armas más letales) entre godos y cachiporros, conservadores y liberales.

Un método utilizado por ambos bandos se denominaba “aplanchar” que consistía en usar el machete por el lado plano para castigar a los contrarios y expulsarlos del pueblo o vereda donde vivían, amenazándolos con que la segunda intervención no sería con machete plano, sino con el filo.

Hoy los aplanchadores no tienen machete  debajo de la ruana. Llevan bolígrafo en el bolsillo interior de saco y cobran por firmar sentencias, autos procedimentales, edictos, providencias, órdenes de excarcelación, etc. Conocí Magistrados íntegros y pobres. Mi padre y mi hermana, por ejemplo. Nunca tuvieron rubíes, salvo los que traían los relojes suizos de cuerda personales. Centenares de jueces y fiscales viven de su sueldo, no tienen cuentas escondidas ni ganado de ceba con testaferros.

Pero un país donde los gorriones se convierten en aves de rapiña, no merece llamarse país. Grupos de Criminales Organizados (GCO) se apoderan de instituciones e institutos, agencias u oficinas, ministerios o alcaldías, peajes o servidumbres camineras, etc. Administran pedazos del Estado como si fueran propios, no pagan impuestos y articulan a profesionales y técnicos en sus empresas. Después de muchos años conocimos que la Policía Nacional era controlada por la “comunidad del anillo” rectal. “Los Ñoños”, nombre que parecería ser una comparsa de Carnaval barranquillero, era una organización delincuencial compuesta por congresistas y funcionarios públicos  que se tragaban el erario público. Luego descubre la prensa y autoridades pertinentes “El Cartel de la Hemofilia”, “El cartel de Oderbrecht” y sus tentáculos internacionales, “El cartel de las medicinas falsificadas”. Así sucesivamente hasta hoy que vemos la actuación  derivada del “Cartel de la Toga”.

¿Qué clase de piel tenemos los colombianos que no hemos procedido contra esta ratería organizada? ¿Acaso los hijos de Santander y Bolívar somos todos susceptibles y propensos al peculado, a la estafa, al apoderamiento de los bienes públicos, al soborno de doble vía, a la venta o permuta de declaraciones y delaciones falsas, a la venganza y juramentos para armar un complot contra su adversario político, que no pudieron derrotar en las urnas?

Seguros estamos que no faltarán abogados derechos, ingenieros que construyan puentes cuasi-eternos, administradores que sepan de cuentas e inventarios ciertos, de médicos que no firmen falsas incapacidades o que no  se alisten en un cartel de venenosa enfermedad. Debe haber en los cuarteles oficiales y soldados que amen su profesión y su patria, comerciantes y empresarios que enseñen a trabajar y a compartir el “emprendimiento” y la plusvalía. En fin, que se traduzca en una fuerza de volcán reactivado la victoria electoral pasada, porque es de todos, como la mandan los creadores de la democracia. Pero también que se sepa: la democracia y la  convivencia pacífica no admite presidentes tímidos y agallinados. Necesitamos un gobierno fuerte en la ley y fuerte en los hechos, respetuoso con los vencidos, pero valiente con la bandera al frente de su pueblo. No hay tiempo para gobierno de minorías racistas o sexuales, minorías cocaleras o minorías armadas. Es tiempo de luz y todo ha de ser llamarada de hornos productivos.                                                                                                                  

 

 

 

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LA MALDITA MERMELADA EN LA CORTE

VARGAS MAURICIO

 
 
 

Hace cuatro años, a fines de julio de 2014, el reelecto presidente Juan Manuel Santos se sinceró en un discurso en Algarrobo, Magdalena. “A los que no les guste la ‘mermelada’ –dijo, desafiante– les va a tocar aguantarse, o se vacunan contra la diabetes, porque voy a duplicar la ‘mermelada’, que es la inversión social”. Era un mensaje para los caciques de la Unidad Nacional que semanas atrás le habían salvado la presidencia al ponerle millones de votos en la segunda vuelta para derrotar al candidato opositor Óscar Iván Zuluaga.

 

A Musas, ‘Ñoños’ y otros congresistas del Gobierno, así como a sus amigos contratistas, se les hizo agua la boca. Un recorderis sobre la ‘mermelada’: es mucho más que simple clientelismo –la asignación de cargos en las entidades públicas a recomendados de los políticos– y, desde el punto de vista de la corrupción, mucho más costosa para los contribuyentes, pues no es la entrega de puestos, sino de contratos.

A cambio de apoyar al Gobierno y votar sus proyectos de ley, un congresista de la ‘mermelada’ recibe un cupo de miles de millones de pesos del presupuesto, para que un alcalde o un gobernador amigo lo asigne a algún contratista compinche del político –para alguna obra que quizás nunca terminen–, y el contratista le dé al político su tajada respectiva en dinero contante y sonante. El nombre de ‘mermelada’ surgió porque el primer minhacienda de Santos, Juan Carlos Echeverri, dijo que la intención del Gobierno con el presupuesto –en especial con las regalías– era repartirlo por todo el territorio nacional, como quien esparce mermelada en una tostada.

Buena parte de esa plata se la robaron, lo mismo en el Fonade –una entidad asignadora de contratos que se volvió caja menor del santismo– que en el Sena –como lo ha revelado La W–, en el Fondo de Paz –donde terminaron robándose plata del posconflicto– y también en entidades privadas intervenidas por el Gobierno, como Saludcoop. Eso para mencionar unos pocos ejemplos y dejar de lado a la ANI e Invías, en cuya contratación los caciques del santismo entraron a saco, o a los carteles regionales de la educación, la hemofilia, el sida, el bastón (fondos para los ancianos pobres) y los enfermos mentales, donde algunos connotados defensores del Presidente en el Senado han resultado untados.

Desde 2016, la Fiscalía le metió el diente al asunto y compulsó copias a la Sala Penal de la Corte Suprema, encargada de investigar a los parlamentarios, contra una veintena de ellos. A fines del año pasado, gracias a la colaboración delatora de algunos de los implicados, la canasta de investigados creció, y, en febrero, la Sala Penal abrió indagación preliminar contra cerca de 200 senadores y representantes a la Cámara, más de la mitad del Congreso.

Pero el ímpetu inicial de los magistrados parece haberse detenido. Desde febrero, nada se ha sabido del avance de esas indagaciones en la Sala Penal. Falta ver si en los días por venir –y ahora que, según mis informes, tienen evidencia suficiente para procesar a muchos–, los magistrados se deciden a hacer su trabajo. ¿Será que tantos familiares de magistrados nombrados en la diplomacia o contratados en ministerios tienen algo que ver con que los procesos luzcan paralizados?

Mientras ello ocurre, y en momentos en que algunos colegas se apresuran a erigirle estatuas al saliente Presidente de la república por sus iniciativas de paz, es bueno recordar el discurso de hace cuatro años en Algarrobo, en el que Santos prometió duplicar la ‘mermelada’, una promesa que sí cumplió. En esta columna siempre le he reconocido al mandatario su firme decisión para sacar adelante la negociación con las Farc, más allá de los muchos líos que ha traído el proceso. Pero lo de la ‘mermelada’ no sería justo olvidarlo.

MAURICIO VARGAS
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LA IZQUIERDA PERDIÒ CON SU INCENDIARIO LLENO DE ODIO

Abelardo De La Espriella

Como si la izquierda hubiese ganado, el jefe natural de ese sector, después de las elecciones presidenciales, el incendiario Gustavo Petro, se ha dado a la tarea (incluso desde la misma noche de su derrota) de dar órdenes y “tirar línea” al nuevo gobierno, sobre lo que se debe hacer y lo que no.

El discurso retador, barriobajero, desvergonzado y lleno de odio de Petro contrasta con la humildad, la madurez, el llamado a la concordia y la tranquilidad del presidente Duque, en la asunción de su incontrovertible y contundente triunfo (grandes diferencias saltan a la vista entre Duque y Petro, desde el punto de vista humano y político). De la que se salvó Colombia: si Petro procede de esa forma, sin haber logrado alcanzar el poder, no quiero ni pensar lo que estaría sucediendo ahora, con la certeza de que ese sujeto, en unos días, se sentaría en el solio de Bolívar.

El discurso conciliador del presidente Duque es el argumento que le corresponde plantear a un verdadero líder (de eso no hay duda); pero no es menos cierto que el próximo mandatario de los colombianos se enfrentará a la oposición más virulenta e irracional de la que se tenga registro en estas tierras. Nada de lo que haga Iván Duque, por más bueno que sea, será reconocido en lo absoluto por la “mamertería” comandada por Petro y sus hordas difamatorias, quienes harán de cada acción del Gobierno (incluso tergiversándolas) un caballito de batalla que les permita allanar el camino hacia la Casa de Nariño.

A la oposición hay que darle garantías, no faltaba más; pero tratar de razonar con esos radicales irredimibles puede ser un craso error: se despoja más fácilmente un elefante de su trompa, que un izquierdoso de los dogmas en los que cree ciegamente. Tampoco se puede soslayar el hecho de que fuimos más de 10 millones de colombianos, a través del sufragio, quienes rechazamos tajantemente las manidas, fracasadas y anacrónicas propuestas de la izquierda, que habrían conducido al país a la postre, sin dudas, a una debacle similar a la de Venezuela. En consecuencia, escogimos un modelo político y social completamente distinto del propuesto por Petro y su combo; por lo tanto, la única manera de respetar la voluntad popular es que el nuevo gobierno haga valer sin vacilaciones el ideario que concitó a las mayorías en torno a la candidatura del presidente Duque: en ese escenario, las iniciativas de la izquierda no deberían tener cabida.

Siempre he creído que no se puede contemporizar con el enemigo: un gesto de buena fe será entendido como un símbolo de debilidad; el apoyo a una determinada causa se tomará como un acto de rendición, y hasta una simple camaradería puede ser malinterpretada. No hay que olvidar que hasta hace pocos días la izquierda radical tenía a varios miembros del partido Centro Democrático y al expresidente Uribe contra las cuerdas, queriendo destriparlos. En lo que a mí respecta, no pondré la otra mejilla.

Si Petro y su gente quieren imponer condiciones, ¡que primero ganen las elecciones!

La ñapa I: Santos dice que no se volverá a meter en política. Obvio: él sabe que no sale elegido ni de edil de Chapinero. ¡Al tartufo no lo quiere nadie!

La ñapa II: Mockus está inhabilitado. No puede haber candidatos de primera y de segunda: la ley debe aplicarse para todos, sin distingo. La incoherencia de la izquierda es proverbial. Que los magistrados del CNE actúen en derecho o que se atengan a las consecuencias penales y disciplinarias de prevaricar.

La ñapa III: la Consulta Anticorrupción impulsada por Claudia López es una farsa que solo la beneficia a ella, en su aspiración a la alcaldía de Bogotá. Otra politiquera posando de faro moral de la Nación.

La ñapa IV: ¡Qué vergüenza el Ministro de Defensa que tenemos: lleva años haciendo el ridículo! La tapa de la caja: los drones para fumigar los imparables cultivos ilícitos, un mes antes de que acabe la infausta presidencia de Santos.

@DELAESPRIELLAE

 

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2
CENTRO IZQUIERDA,de Liberales de Izquierda,como Partido liberal , Partido de la U. y Santistas. JEFE Cèsar Gaviria.
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